Con profundo dolor y en medio de un ambiente de tristeza, la mañana de este día familiares, amigos y conocidos dieron el último adiós a Saúl Ochoa, uno de los diez mineros que fueron privados de su libertad en Concordia, Sinaloa.
El sepelio estuvo marcado no solo por el llanto incontenible de sus seres queridos, sino también por un fuerte clamor de justicia. Entre abrazos y miradas llenas de impotencia, los familiares alzaron la voz para exigir a las autoridades el esclarecimiento de este caso, no únicamente por Saúl, sino también por sus compañeros.
Recordaron que de los diez mineros desaparecidos, ocho fueron localizados sin vida, mientras que uno más continúa sin ser encontrado, lo que mantiene a otra familia sumida en la incertidumbre y el dolor.
Durante la despedida, los deudos expresaron que, pese a la tragedia, encuentran un poco de consuelo al haber podido recuperar los restos de Saúl, lo que les permitió despedirse de él en su tierra, en el lugar donde creció, rodeado de quienes lo amaron. Señalaron que esta posibilidad, aunque desgarradora, es distinta a la angustia de no saber el paradero de un ser querido.
“Él solo fue a trabajar”, lamentaron, recordando que nunca imaginaron que su jornada terminaría en tragedia.
Aunque el desenlace no fue el que esperaban, hoy se aferran a la paz de saber que Saúl descansa y que pudieron brindarle una sepultura digna, mientras mantienen la esperanza de que las autoridades nacionales esclarezcan los hechos y se haga justicia.
El silencio del panteón, roto por sollozos y plegarias, fue testigo de una despedida marcada por el amor, el dolor y la exigencia de que una tragedia como esta no quede en el olvido.
Redacción: Mayra Hermosillo