Durante décadas ha sido conocido como "La Bestia", el "caballo de hierro" o simplemente la locomotora. Desde finales del siglo XIX, cuando el ferrocarril cobró fuerza en México durante el gobierno de Porfirio Díaz, este medio de transporte se convirtió en símbolo de progreso, desarrollo y comunicación entre regiones. Sin embargo, detrás de su imponente presencia también existe una realidad que año con año sigue cobrando vidas.
El tren no puede detenerse de manera inmediata. Su peso, velocidad y dimensiones hacen que cualquier error humano se convierta en una tragedia irreversible. Aun así, muchas personas continúan subestimando el riesgo, convencidas de que podrán cruzar antes de que llegue o de que tienen tiempo suficiente para apartarse de las vías.
La región Centro-Sur del estado ha sido testigo de ello durante el 2026. En apenas unos meses, siete incidentes relacionados con el ferrocarril han dejado un saldo doloroso: cuatro personas fallecidas, varios lesionados y daños materiales que superan los cientos de miles de pesos.
La madrugada del 7 de marzo marcó el primer accidente del año. Una camioneta GMC Denali fue impactada violentamente por el tren en el cruce de la calle Degollado y avenida del Ferrocarril. Según testigos, el conductor intentó ganarle el paso a la locomotora. Aunque sobrevivió, las lesiones y los daños materiales recordaron que la velocidad del tren siempre supera cualquier cálculo equivocado.
Un mes después, el 7 de abril, la tragedia cobró una vida en la Estación Conchos. Un hombre permanecía sentado sobre las vías y, pese a las señales acústicas emitidas por el operador, no reaccionó a tiempo. La máquina siguió su trayectoria y el desenlace fue fatal.
El 26 de mayo ocurrió otro hecho lamentable cerca de la carretera federal 45, en las inmediaciones de la termoeléctrica y el puente Cielo Vista. Alejandro M. Ch., de 35 años, perdió la vida tras ser embestido por el ferrocarril. Una historia más que se sumó a la lista de familias que tuvieron que enfrentar una pérdida inesperada.
No todos los incidentes terminan con víctimas mortales, pero sí con consecuencias económicas devastadoras. Una pipa de la empresa AGL quedó completamente destruida al ser impactada por el tren cuando intentaba cruzar las vías sin advertir la cercanía de la locomotora. El operador salió ileso, pero las pérdidas materiales fueron estimadas en alrededor de 300 mil pesos.
La tragedia volvió a repetirse el 6 de junio en el seccional de Lázaro Cárdenas. Javier Cruz C., un joven de apenas 19 años de edad, perdió la vida cerca de la calle Francisco I. Madero. Sus sueños, proyectos y futuro quedaron truncados en cuestión de segundos.
Días después, un Chevrolet Cruze ocupado por tres personas originarias de Julimes fue embestido en un cruce ferroviario de Meoqui. En esta ocasión la suerte estuvo de su lado y sobrevivieron, aunque el vehículo resultó severamente dañado.
Uno de los hechos más impactantes fue el del día 31 de marzo, el cuerpo sin vida de Edilia Pimentel, de 52 años, fue localizado sobre las vías en las inmediaciones del dren Laguna Seca. La mujer había sido arrollada por el tren, sufriendo lesiones fatales que estremecieron a quienes conocieron el caso.
Cada una de estas historias tiene algo en común: ocurrieron en cuestión de segundos. Segundos que parecían insignificantes frente a la prisa cotidiana, pero que terminaron cambiando vidas para siempre.
Las estadísticas son frías: siete eventos, cuatro fallecidos, pero detrás de cada número existe una familia, un patrimonio perdido por dos, tres o cinco minutos que tarda en pasar varios vagones, pueden parecer una pérdida de tiempo para quien tiene prisa, pero representan una inversión mínima comparada con el valor de una vida humana.
Esperar nunca será tan costoso como perder a un ser querido. Detenerse unos minutos jamás será más grave que perder el patrimonio construido durante años. Cuando las luces, el silbato o la inmensa silueta de la locomotora anuncien su llegada, vale la pena recordar una simple verdad: ningún destino es tan urgente como para arriesgar la vida por intentar ganarle el paso al tren.